El proceso colonial de los últimos 500 años ha desintegrado las estructuras comunitarias que mantenían los últimos reductos del poder femenino. El imperialismo europeo impone a su vez un modelo en que lo masculino es importante y significativo, mientras que lo femenino (y en general todo lo relacionado con las mujeres) es menos relevante y digno de ser considerado. Esta destrucción y discriminación se manifiesta en el trabajo, la estructura de la familia y la pobreza.
En lo referente al trabajo las estadísticas informan que 1/3 de la fuerza laboral del mundo es femenina, pero ocultan que 2/3 de las horas de trabajo son también femeninas. Así, toda el trabajo femenino destinado al mantenimiento de la fuerza de trabajo, no es considerada como tal trabajo, pues en la versión europeo-imperialista, se identifica trabajo con trabajo remunerado y el trabajo no retribuido no es trabajo. Mientras tanto, en el Tercer Mundo, es precisamente este trabajo calificado como no remunerado el que mantiene la vida y el funcionamiento de las distintas comunidades.
La colonización destruye también la estructura familiar-comunitaria del Tercer Mundo, desintegrando la función que la comunidad realizaba en la protección de la reproducción de la vida. De esta manera, nos encontramos en amplias zonas de América con una forma de familia sin figura paterna, que delega la responsabilidad entera de las hijas e hijos en la mujer (quien además, cobra menos por su trabajo). Así nos explicamos que el 53% de las familias salvadoreñas sean monoparentales (solamente con la mujer) o que el 50% de las/los incas no hayan conocido a su padre. En estas circunstancias la lógica de la subsistencia exige que se acepte cualquier trabajo que resuelva de manera inmediata esta subsistencia cotidiana: trabajo informal, prostitución, trabajo a domicilio, etc. Así se feminiza la pobreza y hace que por cada hombre pobre haya en el mundo cerca de 3,5 mujeres que también son pobres.
En estas condiciones la demografía es también un elemento de poder para la mujer del Tercer Mundo, puesto que el paso de una economía de subsistencia a una economía capitalista provoca que las poblaciones pobres, sin otros recursos, vendan su fuerza de trabajo con el objeto de obtener mayor número de jornales (el aumento de jornaleras/os posibles significa aquí un aumento de la capacidad de subsistencia). Se trata de una adaptación a las nuevas condiciones socio-económicas y no el resultado de ideas irracionales o retrógradas.
Los países industrializados utilizan masivamente la mano de obra femenina en las nuevas producciones industriales implantadas en los países del Tercer Mundo, al objeto de incrementar la productividad, rebajar los salarios y aumentar la tasa de beneficio. A su vez las estructuras patriarcales existentes explican que con el desarrollo de la cualificación del trabajo se le excluya a la mujer de la formación y aparezca siempre ésta en los escalones inferiores y medios de la escala laboral.
Es preciso remarcar la función fundamental de la mujer en el interior de los procesos de emancipación de las clases y naciones oprimidas de nuestro planeta (contra el fascismo, en los movimiento de Liberación Nacional, en las grandes luchas obreras, contra la represión, etc). La participación de las mujeres en los movimiento de resistencia rompe sus roles tradicionales (particularmente la participación armada) y aumenta la conciencia de sus posibilidades, de manera que la fase post-bélica esta siempre marcada por la avalancha de reivindicaciones femeninas específicas (reflejadas especialmente en la negativa de esas mujeres a aceptar la antigua reclusión en el hogar, en las reivindicaciones de libertad personal y en las exigencias de sus derechos personales, laborales y ciudadanos).
A su vez el imperialismo y el capitalismo ha utilizado siempre las estructuras y valores patriarcales (castidad, matrimonio, familia, etc.) para explotar, recluir, marginar, y dominar a la mujer (en la fábrica, el trabajo sumergido o el hogar).
El movimiento feminista occidental de los años 70, con fuerte presencia en Euskal Herria, tematiza como políticas cuestiones como la sexualidad, la reproducción, el trabajo doméstico, los malos tratos y las agresiones sexuales, etc, que hasta entonces no habían sido consideradas como tales, introduciendo en el conjunto social el debate sobre la situación de la mujer. Gracias a la presión de este movimiento se abrieron espacios de libertad para la mujer en terrenos como la liberación de los comportamientos sexuales, la participación política y los derechos laborales de las mujeres, el divorcio, el aborto o la prioridad de servicios que afectaban directamente a las necesidades de las mujeres (guarderías, etc.). El movimiento feminista de estos años incrementó considerablemente la influencia y el poder sexo-genero femenino en el conjunto social.
El reflujo de los movimientos sociales de la mujer que caracteriza en los países desarrollados la evolución de los años 80, se combina aquí con el proceso de la Reforma Democrática Española, que reduciendo la participación socio-política a la electoral, arrincona los movimientos sociales. Se cristaliza así en los años 90 un proceso de Institucionalización que se mueve y realiza algunas conquistas en el terreno de los derechos pero que se muestra impotente ante la enorme inercia de los hechos.
El movimiento feminista actual adolece las consecuencias de la ausencia de presión social y se enfrenta a una situación en que las iniciativas procedentes del mundo de la mujer (relacionadas con la cultura, el ocio, la defensa de la lengua, el arte) se sitúan mayoritariamente fuera del ámbito de la militancia feminista.
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